La tierra de la esperanza

Por: Mario Silva

María observa, desde hace varias horas, el verde intenso del parque al otro lado de la calle. Vive con su madre en un apartamento y los setenta y cinco metros cuadrados que ocupa son su mundo, aunque ella tiene uno mucho más rico y casi ilimitado en su cabeza.

 

Sabe muchas cosas. Su mente está llena de datos que han sido absorbidos de plataformas educativas virtuales a través de pantallas de distintos tamaños situadas en sitios estratégicos dentro de su hogar.

 

A pesar de nunca salir a la calle, su masa muscular se mantiene saludable gracias al pequeño gimnasio de la recámara del fondo, la cual también funge como bodega para todas esas cosas que no sirven para nada pero que su madre no se atreve a desechar —por si las llegamos a necesitar—.

 

Desde hace cinco años, el gobierno ordenó que, para ejercitarse en casa, cada ciudadano adquiriera una maquina elíptica que, a través de un sensor, mide que todos los niños de la ciudad hagan cuarenta minutos diarios de ejercicios reglamentarios para mantenerse en forma. El monitor de la Secretaría de Salud pasa una vez al mes a hacer un examen médico a María para corroborar que se encuentra en óptimas condiciones de salud.

 

Su madre, como la mayoría de las personas que tienen empleo, trabaja desde casa y, por lo general, se encuentra de mal humor. Para ella el encierro es más agobiante que para su hija porque todavía recuerda cuando se podía caminar por las calles sin temor. Bueno, existían los temores que eran normales en esa época; como caer dentro de una coladera sin tapa por tener la atención en el teléfono y no en el camino, o ser asaltada por un ladrón que aprovechaba aquel descuido característico de los transeúntes de la era hiperconectada.

 

—Dame el celular o te mato —decía un ladrón y te dejaba ahí parado con cara de pendejo. En eso piensa cargada de nostalgia mientras traduce un texto del mandarín al español para un cliente que se encuentra al otro lado del mundo.

 

—Mamá ¿cómo se siente pisar el pasto? —pregunta María.

—No recuerdo —contesta Laura —pero es una sensación muy desagradable— miente y recuerda cuando, en el mismo parque que María observa, ella se descalzaba y caminaba para relajase y sentirse parte de aquella naturaleza a la que ya no tiene acceso, por el bien de toda la humanidad.

 

­—Cuando tenía tres años salíamos a jugar al parque con papá y después de que él murió ya no volvimos a salir; pero por más que quiero no puedo recordar cómo se siente pisar el pasto.

 

Aunque la depresión que le provocó a Laura la muerte de su marido la nulificó por varios meses, no fue la única razón de su aislamiento. En el tiempo de la pandemia, el estado se erigió como el protector de los ciudadanos y tomó, sin preguntar, la rienda de las vidas de todos.

 

En la mente de María quedó grabado el momento en el que unos hombres vestidos como astronautas entraron al departamento, envolvieron a su padre en una bolsa negra con cierre y a ellas las aislaron de todo. Nunca volvió a jugar con Andrea, la sonriente niña pelirroja que vivía en el edificio contiguo.

 

Recuerda que su madre se postró en un sillón y sólo se levantaba para preparar arroz y frijoles de la canasta que todos los jueves dejaban frente a su puerta los agentes del gobierno de la esperanza. El silencio se apoderó del hogar, sólo el llanto casi imperceptible de su madre lo rompía a momentos.

 

En su soledad, María aprendió a expandir su mundo interior. Escondió el dolor en el lugar más profundo que encontró dentro de ella y, en aras de la supervivencia, se inventó mundos en su cabeza en los que ella tomaba las decisiones y ordenaba todo a su gusto. Lo único que no podía, por más que intentaba, era recordar la sensación del pasto en sus pies.

 

Poco a poco Laura se recuperó, aunque nunca volvió a ser la misma. Con los medicamentos que el gobierno salvador le administró, pudo volver a levantarse y una amiga la conectó con una empresa asiática con operaciones en México para hacer traducciones de manuales y textos que le importaban muy poco.

 

Hoy, al ver a su hija con la mirada fija en el parque, siente otra vez aquella punzada en el estómago que la mantuvo atada al sillón y la tristeza oprime su garganta, no puede entender cómo la humanidad entera permitió una esclavitud como la que viven hoy.

 

En el tiempo de la pandemia, el estado se erigió como el protector de los ciudadanos y tomó, sin preguntar, la rienda de las vidas de todos 


Todo fue sutil. Al principio nos encerraron en casa para detener la pandemia, reflexionó Laura, después nos robaron el derecho de decidir sobre nuestro cuerpo, nos obligaron a engullir medicamentos, nos inyectaron y lentamente nos dormimos, asumimos que éramos afortunados por haber sobrevivido. Afortunados por tener trabajo.

 

Los pequeños y medianos emprendedores desaparecieron, así como la libre inversión, los únicos que sobrevivieron fueron los grandes corporativos que, caritativamente, siguieron ofreciendo empleo a quienes tuvieran su cartilla de vacunación al día.

 

“Date de santos que tienes trabajo”, decían a sus empleados, después de jornadas de más de doce horas.

 

—¿Cómo permitimos esta mierda? —dice Laura a un nivel muy bajo pero perceptible, lo que llama la atención de María, que abandona la ventana y se aproxima a su madre.

 

—¡Cómo permitimos esta mierda! —grita Laura y siente como si se hubiera reventado un globo atorado en su interior. Toma del brazo a su hija y se dirige hacia la puerta que separa el apartamento del mundo exterior. Titubea antes de girar la perilla.

 

Salen, así como están, sin zapatos ni tapabocas; libres de todo lo que las ha oprimido los últimos cinco años. Laura siente que el corazón le late a mil por hora al bajar las escaleras desde el segundo piso. La calle parece desierta, pero Laura sabe que en cualquier momento llegará la patrulla por lo que jala del brazo a su hija. El parque está a unos metros, pero se siente como si cada paso lo alejara. Con lágrimas surcando sus mejillas las dos mujeres alcanzan la acera opuesta.

 

María alza los ojos para encontrar los de su madre antes de atreverse a dar el último paso que la separa del pasto. Siente frío en el pie derecho, el izquierdo tiene una sensación de humedad. Cierra los ojos y choques eléctricos suben desde las terminaciones de los pies hasta su hipotálamo.  La sacudida es tan fuerte que casi pierde el conocimiento. Puede ver a su padre que se aproxima desde el centro del parque, alcanzan a sonreírse antes de que la sirena la regrese a este mundo.

 

Por haberse expuesto a la contaminación del mundo exterior y haber roto las reglas de la “nueva normalidad”, las dos son puestas en cuarentena, así como después de la muerte de aquel hombre que las dos extrañaban, cada una a su manera. Pero esta vez es distinto. María ha incorporado un campo verde a su mundo interior, se ha convertido en su refugio; es su lugar favorito. Laura se siente en paz al ver la ventana libre de la mirada triste de su hija.

Mario Silva

Trabaja como consultor en Comunicación. Escribe "para desmadejar el desmadre que hay en su cabeza".