La pócima Agnes

Domingo

 

La luz fluorescente del reloj la deslumbró cuando apagó la alarma. Apenas podía levantarse de la cama. Las tres hernias lumbares que la acompañaban desde hacía décadas eran una tortura los domingos por la mañana. La almohada estaba cubierta de mechones de pelo. Es un milagro que aún pueda estar de pie. Arrastró los pies descalzos hasta el baño. El camisón que traía puesto fue dejando una estela de olores nauseabundos y piel muerta.

 

El coro de resonancias callejeras no estaba en cuarentena. En particular el lamento de las sirenas, las luces rojas iluminando el techo de su hogar cuando circulaban como furias por la avenida. En contraste, los aviones espaciaron sus recorridos. Recordó que, cuando se mudó al departamento, renegó del estruendo que ocasionaban las bestias de metal cuando surcaban el cielo cada siete minutos.

 

Ayer llovió como si el cielo quisiera borrar el pavimento de las calles. El agua entró por la ventana del baño, dejando el suelo viscoso. Sentada en el excusado, pensó en el artículo que debía mandar por correo electrónico antes de las diez de la noche.

Pensó en su novela. Tenía la intención de registrarla en el Instituto Nacional de Derechos de Autor, pero el nuevo virus se le adelantó y arrasó con sus intenciones. Se sintió como un tigre sedado. El mundo continuaba siendo una mota minúscula que orbitaba alrededor de un sol moribundo. Le recordó a su vida. Todo se estaba muriendo a su alrededor. Se levantó del inodoro y arrojó con violencia el papel húmedo al bote de basura.

 

No le habían pagado en semanas. El último depósito en la cuenta del banco fue por escribir un artículo sobre los diez puntos que toda mujer ejecutiva debería seguir para soltarse de las cadenas de la mediocridad. Puras mamadas. Pero eran mamadas que le permitían navegar por el espectro radioeléctrico, pagar la luz y la renta, pedir comida, entre otras amenidades.

 

Echó un vistazo al espejo. Tenía la piel color aceituna, derretida a la altura de los pómulos. Los ojos hundidos, inexpresivos. El pelo, otrora rojizo, se había decolorado. Volvió a bramar un avión a tres mil pies de altura.

 

Pero no todo era malo. La distancia había mejorado sus relaciones familiares. Hablaba frecuentemente con su madre. Esa semana le avisó que su tía había muerto.

 

—Llama a tu tío y dale el pésame.

—Sí, mamá.

 

Nunca le habló. El encierro se convirtió en el pretexto ideal para eludir el velorio. Evitar rostros que prefería no volver a ver ni preguntas que no deseaba contestar.

 

Volvió a llover, esta vez acompañado de pepitas de granizo que amenazaban con quebrar los vidrios de las ventanas. Sobre la mesa del comedor, su teléfono celular se iluminaba en silencio, el buzón de voz escupía sin cesar: En Banamex tenemos alternativas para liquidar su crédito. Llame al…

 

Le dolía la cabeza. Recordó una videollamada que tuvo el viernes con su editor. El hombre le informó que, por una reestructura corporativa, sólo le pagarían un artículo al mes. Menos dinero. Mismas responsabilidades. Más mierda.

 

Tocaron el timbre. Cuando se asomó por la mirilla no observó a nadie. Alguien había pasado una hoja de papel doblada por debajo de la puerta. Se agachó para recogerla apretando el par de muelas que aún tenía.

 

Abrió el papel y leyó: SE BUSCA. Max. Si lo has visto, llama al 55 4345 6785. Jugosa Recompensa. La imagen en blanco y negro era de un labrador que parecía sonreírle a la cámara. Seguía lloviendo.  

 

La lectura le recordó las miradas de las vecinas cuando salía del departamento. Evitaban sus pupilas, no les fuera a pegar el mal de ojo o algún embrujo semejante. Ignorantes. Llevó la hoja hasta su escritorio y la guardó junto con otros anuncios semejantes. Gatos y perros perdidos, víctimas colaterales del confinamiento.

Caminó hasta la cocina y abrió el congelador. Sacó el último par de hielos y los echó a un vaso de leche. Los hielos sabían a carne. En la puerta del refrigerador estaba pegada una nota a manera de recordatorio: hoy recogerán el paquete.

 

No recordaba cuándo fue la primera vez que surtió sus pedidos, pero desde que comenzó la cuarentena, le informaron que el método de entrega debería modificarse. En lugar de abandonar las bolsas negras afuera de su departamento los domingos por la mañana, ahora debía dejar las mismas bolsas negras en el balcón los domingos por la noche.

 

¿Para qué los querían? Ella nunca preguntó ni quería imaginárselo. Lo único que anhelaba era la recompensa. A cambio de las bolsas, le dejaban una botella de vidrio llena de un líquido gris, espeso. En el costado se leía una etiqueta negra con letras blancas: Pócima Agnes.

 

A cambio de las bolsas, le dejaban una botella de vidrio llena de un líquido gris, espeso. En el costado se leía una etiqueta negra con letras blancas: Pócima Agnes


Al anochecer abrió la puerta del refrigerador y sacó una bolsa negra. Pesaba y le costó trabajo arrastrarla hasta el balcón. El aire frío despeinó el escaso pelo que se aferraba como un náufrago a su cráneo. Cerró la puerta de la terraza y se dejó caer sobre el sillón. Cerró los párpados y cuando los volvió a abrir, el paquete ya no estaba. En su lugar, la Pócima Agnes brillaba como un faro en la oscuridad.

Se llevó la botella a la cama y, antes de acostarse, bebió su contenido con la esperanza escurriéndole por los ojos.

 

Lunes

 

Se levantó de un salto antes de que sonara el despertador. Se vistió unos pantalones entallados y una chamarra negra. Con una pañoleta oscura cubrió nariz y boca, dejó al descubierto los ojos que parecían de una pantera. Anudó su pelo en una coleta, corrió hasta la entrada y salió del departamento. En cuanto sintió el aire de la madrugada estiró los brazos como si pudiera tocar las estrellas. El conjunto habitacional seguía dormido. Bajó saltando las escaleras.

 

En el patio se convirtió en un potro y corrió hasta que sintió el corazón galopándole en el pecho. Se sintió viva y agradeció estarlo. Terminó el ejercicio y regresó al departamento. En el pasillo, un gato con ojos de jade se restregó en su pierna. Se agachó para acariciarlo y este le ronroneó. Abrió la puerta de su casa y el felino entró con ella.

 

El efecto de la Pócima Agnes duraría una semana, pero ella acaba de asegurar el pedido del próximo domingo. Como lo había hecho desde que la última pandemia había obligado a los habitantes de la ciudad a permanecer encerrados como ratas para sobrevivir.

Víctor Madrid

Padre amoroso y leal que procura conservar la calma cuando las tormentas azotan en su playa. Dice que escribe mejor de lo que habla y tiene el corazón lleno de cicatrices. De un tiempo para acá prefiere que los libros le recomienden a las personas.